miércoles, 12 de julio de 2017

"Miguel Ángel Blanco en HD" (Gerardo Tecé)

"Aprendizaje al entender que lo de Miguel Ángel Blanco y el resto de asesinatos de ETA fue algo horrible, pero que no era justo que tuvieran la exclusividad de la Marca Registrada Horror. Tenían que compartirla con tantos casos de violencia y muerte a los que no se aliña lo suficiente como para que uno acabe llorando…"



La tele que vivió en el salón de mi casa desde mi infancia hasta que me salieron unos granos horribles en la cara dijo hasta aquí hemos llegado una mañana de julio del 97. Tras unos días emitiendo en color rojo preocupante –eso es del tubo catódico, recuerdo que dijo alguien-- se fue a negro para siempre. Esa misma tarde fuimos toda la familia al centro comercial en busca de nueva habitante para el hueco que había quedado huérfano en el salón. El ritual de comparación de marcas, precios, tamaños y distintas calidades de imagen fue ante un enorme muro de pantallas de televisión que contaban, con rótulos e imágenes de archivo del pueblo de Ermua, el secuestro de un joven concejal vasco. Esa es buena marca, no es cara, entra en el mueble y se ve bien, anunciaron mis padres pasada una hora de análisis ante el muro. Los tres hijos asentimos, fijando la mirada en ya solo uno de esos muchos televisores, un televisor que era de buena marca, que estaba bien de precio, que cabía en el mueble, que se veía bien y que a esas alturas de la tarde, daba ya detalles del argumento de la película de horror que acababa de comenzar: si en 48 horas no hay acercamiento de presos iban a asesinar a ese joven llamado Miguel Ángel.

Al llegar a casa, la urgencia por estrenar televisión nueva se unió a las prisas por enterarnos de la última hora de lo que había empezado en el centro comercial. Con la nueva inquilina ya instalada y sintonizada en el hueco del mueble, me impresionó la calidad de imagen –nada que ver con el caos del tubo catódico anterior-- con la que iba a vivir como espectador la que era, a mis 15 años, sin duda la historia más cruel y macabra con la que me había topado. Aquello acabó como ya sabemos. Las 48 horas pasaron y todos en casa lloramos durante la tarde que Miguel Ángel Blanco fue asesinado. Y los días posteriores, todos sentimos rabia --en alta definición-- al ver a aquellos cargos de Herri Batasuna escurriendo el bulto, escondiéndose y lamentando pero no condenando algo tan horrible como aquel asesinato de un chaval inocente. Pasó el verano y meses después, aquella serie macabra que empezó en el centro comercial acabó en la plaza de toros de Las Ventas de una manera sorprendente para mí, como espectador que fui del horror en alta definición: con un fiestón. Acostumbrado ya a la nueva calidad de imagen, más que sorprenderme me extrañó ver con nitidez a los gerifaltes del PP siendo fotografiados sonrientes en primera fila, ante un escenario desde el que Jarcha, Los del Río, Raphael, José Luis Perales o Los Centellas hacían vibrar a un público que sin embargo abucheó a Raimon por cantar en catalán o a José Sacristán por ser comunista. Ese final de la serie, aunque en HD, me recordó a un blanco y negro que yo ni había conocido ni esperaba encontrarme al final de aquel verano.

La televisión salió bien –es buena marca-- y seis años después, en 2003, seguía funcionando perfectamente. Yo ya no tenía 15, sino 21 años y otro capítulo macabro me ató frente a la última hora de la tele del salón. Tras varios meses de pies sobre la mesa y de entusiasmo personal del presidente Aznar, el mismo que había presidido aquel concierto homenaje, comenzaba el lanzamiento de bombas sobre Irak. Las primeras imágenes de personas asesinadas empezaban a desfilar por el hueco del mueble del salón hasta sumar decenas de miles y por mi parte no hubo lágrimas esta vez, pero sí rabia y aprendizaje. Rabia al ver durante el transcurso de los meses de bombardeos a los dirigentes del Gobierno escondiéndose o justificando aquella película macabra y horrible. Rabia al ver a una ministra lamentar pero no condenar el asesinato de José Couso de un disparo voluntario desde un tanque. Aprendizaje al descubrir que hay que tener mucho cuidado con quienes sobreactúan y privatizan las tragedias. Aprendizaje al entender que lo de Miguel Ángel Blanco y el resto de asesinatos de ETA fue algo horrible, pero que no era justo que tuvieran la exclusividad de la Marca Registrada Horror. Tenían que compartirla con tantos casos de violencia y muerte a los que no se aliña lo suficiente como para que uno acabe llorando… 

La alta definición es ya una novedad del pasado y esa tele también pasó a mejor vida en casa de mis padres, pero la privatización y el uso de los muertos no pasa de moda para algunos 20 años después. Hoy es en la TDT, en las webs de los periódicos o en las redes sociales. Es ahí donde quienes mintieron sobre la autoría del peor atentado de la historia de España, quienes menosprecian a los que también sufrieron dos tiros en la cabeza en mitad de un bosque y siguen hoy tirados en una cuneta, quienes usaron la Fundación del concejal de Ermua para sus trapicheos económicos, quienes justifican disparar contra inmigrantes que llegan a nado, siguen dando lecciones sobre las víctimas. Ahora no tengo ni 15 ni 21, sino 35 años y estoy seguro de que, si vivo lo suficiente y la tecnología sigue avanzando, los veré, desde un moderno holograma en 3D, decirnos gritando para qué víctimas es necesaria una pancarta y para cuáles con la indiferencia o el desprecio es suficiente.

publicado en http://ctxt.es