viernes, 4 de agosto de 2017

“No nos vamos, nos echan del barrio”

Una exvecina de Malasaña denuncia los excesos inmobiliarios que la han obligado a marcharse de su casa, una gentrificación "que cambia población por despoblación"
 
 
 
Desde que tengo medio uso de razón Malasaña ha sido un barrio que ha estado en mi vida. Aunque no conseguí vivir en él hasta los 24 años, mi abuela vivía al otro lado de Alberto Aguilera, mi padre vivió aquí en sus mejores épocas a principios de los 70 (siempre hay una mejor época de Malasaña) y de pequeña me paseé con mis progenitores por sus calles y bares.
 
La primera vez que salí de mi barrio con colegas para “subir al centro” fue para ir a Malasaña. Viví una adolescencia noventera más en la calle que en los bares y la universidad con el fin del botellón, la prohibición de las fiestas del Dos de Mayo, y muchos bares, de los que pocos ya. Y todo ello me llevó a que, con 24 años y un trabajo muy precario, conseguí alquilar con amigas un piso en San Bernardo, que será recordado por conocidos y familiares como el piso más frío de mi historial de pisos (y no han sido pocos).
 
En esta época no sólo vivía y salía por Malasaña, sino que descubrí un barrio más diurno y empecé a implicarme en él. Llegó el Patio Maravillas, que ha sido mi segunda casa en el barrio desde hace 9 años… y  desde el Patio mil líos: recuperar las fiestas del barrio, descubrir qué significaba aquello de la “gentrificación” que nos llegó con Triball asomando la patita, la llegada del Solar de Antonio Grilo, el nacimiento de la Plataforma Maravillas, la crisis, que en Malasaña, aunque algunas no lo creen, también la sufrimos y la seguimos sufriendo, el 15M y su preciosa primera asamblea en la Plaza del Dos de Mayo… Me fui implicando y conociendo el barrio y más importante aún, a sus vecinas y vecinos, y terminé, con el apoyo de unas cuantas, como vocal vecina de Ahora Madrid en Centro con el convencimiento que desde la Junta de Distrito podíamos hacer cosas buenas para Malasaña. Y en esas sigo.
 
Y después 10 años viviendo Malasaña y muchos más sintiendo que es mi barrio, me voy. No me voy porque llegada una cierta edad prefiera la calma de un barrio residencial o porque me haya cansado del “jaleo del centro”. Me voy porque me echan. Es un hecho que en estos momentos vivir en Malasaña de alquiler es un lujo que no todas nos podemos permitir, y esto hace que me tenga que ir. Me voy porque después de muchos meses intentando alquilar un piso no he encontrado nada por un precio que se pueda pagar con dos sueldos mileuristas.
 
Las razones las vamos intuyendo todas en el barrio y cada vez son más voces las que señalan una realidad oculta: el centro de Madrid pierde población cada día porque perdemos viviendas habitables, que se convierten a una velocidad vertiginosa en pisos turísticos, gestionados muchas veces por grandes empresas que esconden un negocio fácil y muy lucrativo. Perdemos población porque cuanta menos oferta hay más suben los precios de la vivienda, en un mercado del alquiler liberalizado que nos empuja a comprar, como parte de la cultura de la propiedad que impera en España a pesar de la crisis y la PAH. Y el barrio se transforma para dar servicio a sus principales habitantes, los turistas. Desaparecen los comercios de cercanía: carnicerías, papelerías, pollerías, mercerías… para dar paso a comercios para el consumo puntual, ropa vintage, comida gourmet, artículos de regalo… comercios que están muy bien pero que no responden a la cesta de la compra de cualquier vecino. Y las instituciones públicas que llevan años no sólo no mirando este proceso con preocupación sino durante muchos años siendo instigador del mismo: Malasaña lleva necesitando un centro de salud en condiciones décadas.
 
 
Malasaña, un barrio rodeado de centros culturales como Conde Duque o Las Escuelas Pías, no tiene un centro cultural cercano para sus vecinas. El uso del escaso espacio público siempre ha sido una batalla vecinal en el barrio, y seguimos reivindicando que las plazas sirvan para jugar, pasear, estar,
y no tenga que ser en una terraza continua. Mucha tarea para un nuevo ayuntamiento que necesita de manera urgente mirar al problema de frente: hacen falta políticas que hagan del turismo en Madrid un negocio sostenible con la vida de sus vecinas.
 
Mi pareja y yo somos dos más que nos vamos no porque queramos, sino porque nos expulsan todas estas dinámicas contra la que solos es imposible luchar. Una última fase de la famosa gentrificación donde la sustitución de clases populares por otras más pudientes toca a su fin, cambiando población por despoblación. Por suerte ante esto Malasaña se revuelve. Y todo el centro. Las vecinas cada vez somos más conscientes y llevamos meses, años, organizándonos y reclamando el derecho a la ciudad, que no es otra cosa que el derecho a vivir en los barrios de las ciudades pudiendo ser partícipes de cómo son y cómo queremos que sean. Y más que tendremos que hacer.
 
Desde Asociaciones de Vecinos, a asociaciones culturales, AMPAs y colectivos de jóvenes, pasando por centros sociales (¡repetimos, necesitamos centros sociales!) y grupos de mayores, gatas y migrantes venidas de mil sitios… es imprescindible, si queremos seguir teniendo un centro habitado y vivo, que nos juntemos y exijamos a las instituciones medidas que cortocircuiten las dinámicas que nos echan. Y es fundamental que el Ayuntamiento asuma este problema como su responsabilidad y como urgente, y se ponga a trabajar. Siguiendo el ejemplo de Barcelona, nos toca dar la batalla por un centro de la ciudad que sea para todas las madrileñas, incluso para las que viven en él.
 
Lucía Lois, exvecina de Malasaña.