martes, 29 de mayo de 2018

"Nacionalista eres tú, yo sólo tengo que convivir contigo" (Imanol Zubero)

"¿se puede defender el derecho a decidir sin ser nacionalista? Se puede y, cuando esta reivindicación es abiertamente planteada en una sociedad democrática, también se debe defender el derecho a decidir aún sin ser nacionalista; o mejor: se debe aceptar la legitimidad de esta reivindicación, y se deben buscar cauces legales para su deliberación y, en su caso, para decidir democráticamente sobre la misma....Pero sería muy conveniente que no nos dejemos capturar por el nacionalismo banal"



Las palabras esenciales del “nacionalismo banal”, recuerda Michael Billig, suelen ser las más pequeñas: “nosotros”, “esto” y “aquí”. A estas podríamos añadir otras como “lo nuestro”, “lo propio”, “lo de aquí”… Palabras pequeñas y cercanas, familiares, cálidas, cómodas: autoevidentes. Palabras prosaicas y automáticas que dan por sentada la existencia de las naciones y, sobre todo, de esta nación: la nuestra, la de aquí. Palabras-masaje, palabras-bálsamo, que naturalizan realidades políticas “en realidad” imaginadas, construidas, artificiales. “Permanencias inventadas”, como las denomina Billig (Nacionalismo banal, Capitán Swing, 2014).

PNV y EH Bildu han acordado un texto que sirva como preámbulo de un posible futuro 'Estatus Político' que actualice el autogobierno de Euskadi. Es un texto lleno de palabras pequeñas, prosaicas, cotidianas pero, por lo mismo, cargadas de sentido común, irrechazables, autoevidentes: somos un pueblo, tenemos derecho, sentimos la necesidad, queremos decidir…  Es un texto escrito desde y para el nacionalismo vasco. No lo digo como reproche, sino como constatación. Un texto escrito por nacionalistas, para nacionalistas, con el fin de hacer más banal (más natural, más irreflexiva) la construcción nacional vasca. Insisto: nada que reprochar, es lo que se espera del nacionalismo, de cualquier nacionalismo.

PNV y EH Bildu apoyan también la movilización convocada para el 10 de junio por Gure esku dago a favor del derecho a decidir. “A nadie tiene que extrañar que el PNV se manifieste por el derecho a decidir”, advierte en una entrevista en El Correo Itxaso Atutxa, presidenta del PNV bizkaino. Pues no, claro que no. Es lógico (banalmente lógico) que los nacionalistas apoyen una movilización nacionalista, que pretende sumar (y contar) apoyos para el proyecto político del nacionalismo vasco.

¿Se puede defender el derecho a decidir sin ser nacionalista? Sí. Pero no porque se trate de un derecho puramente (banalmente) democrático, como se dice desde el nacionalismo. Tampoco porque sea lo único que puede hacer una persona que quiera actuar democráticamente. Resulta descorazonador tener que recordarlo, pero hay derechos a decidir según qué cosas que sólo pueden ser combatidos social y políticamente.

El derecho de autodeterminación no es un mero instrumento neutral, sin contenido, poco más que un procedimiento democrático de decisión. La estrategia de normalización -de banalización- de este derecho, en la que juega un papel importante su traducción como derecho a decidir, me parece un peligroso error –si es fruto de la irreflexión- o un inaceptable engaño –si responde a una estrategia-. “¿Qué hay más democrático que decidir?”, se dice, como si de una evidencia (banal) se tratara. Pues según… El derecho de autodeterminación es, antes que nada, la definición de un demos, de un sujeto político soberano, que posteriormente decidirá sobre su estatuto político. De ahí que el derecho de autodefinición, es decir, el derecho a definir “quiénes son los miembros que integran en realidad ese pueblo”, sea el paso esencial en cualquier proceso soberanista. Y aquí me remito a Luigi Ferrajoli y a su exigente reflexión sobre la que denomina “esfera de lo indecidible”: en democracia hay principios que deben estar sustraídos a la decisión de la mayoría. Y a mi modo de ver, la modificación de la condición de ciudadanía, cuando esta modificación puede entrañar riesgos de debilitamiento, limitación o exclusión de esta condición, entraría plenamente en esta esfera de lo indecidible.

Como señalara el politólogo estadounidense Walker Connor en los años Setenta, la aspiración más característica de los movimientos nacionalistas minoritarios en el seno de un Estado nación es a la “etnocracia”, es decir, al gobierno de “los suyos”; el autogobierno al que aspira el nacionalismo es, siempre, “etnogobierno”, el gobierno de “los nuestros”, de “los de aquí”. Nada más banal, ¿no es cierto? ¿Quién puede estar en contra de que “lo nuestro” lo decidamos “los de aquí”? Connor señalaba que esta aspiración etnocrática podía ser perfectamente compatible con distintas institucionalizaciones políticas, desde la autonomía hasta la independencia; y personalmente consideraba que “el ciudadano típico de una minoría nacional en un estado democrático moderno desea la etnocracia, pero no la independencia”. Es esta una idea muy repetida por estos lares, donde la influencia de Connor ha sido más que notable en el entorno académico. Idea que yo no comparto: la aspiración etnocrática del nacionalismo sólo puede conocer una moderación táctica o instrumental de su programa político máximo, en realidad único, y que no es otro que la constitución de un Estado propio. Algo tan simple, banal y natural como esto. Lo explica así Joseba Sarrionandia en ¿Somos como moros en la niebla?: “Los vascos no reclaman nada original. Es como si un caribú de grandes cuernos considerara absolutamente infundado, improcedente e incluso malicioso que a otro caribú le crecieran las astas. Los vascos, con exiguos medios y una pasmosa falta de imaginación, no plantean, ni siquiera los más radicales, sino una cosa tan común que ya la tienen españoles y franceses: una mera nación-estado propia”.

Volvemos, entonces, a la cuestión planteada más arriba: ¿se puede defender el derecho a decidir sin ser nacionalista? Se puede y, cuando esta reivindicación es abiertamente planteada en una sociedad democrática, también se debe defender el derecho a decidir aún sin ser nacionalista; o mejor: se debe aceptar la legitimidad de esta reivindicación, y se deben buscar cauces legales para su deliberación y, en su caso, para decidir democráticamente sobre la misma. Y en este sentido, me sigue pareciendo esencial el ejemplo canadiense, expresado así en palabras de Stéphane Dion: “Si en Canadá aceptamos la secesión como una posibilidad, no es porque  nos empuje a ello el derecho internacional. En realidad, la secesión no es un derecho en democracia. Sólo lo es para los pueblos en situación colonial o en caso de violación extrema de los derechos de la persona. […] Si aceptamos la secesión como una posibilidad es porque sabemos que nuestro país no sería el mismo si no se fundase en la adhesión voluntaria de todos sus componentes. No conozco un solo partido político importante de Quebec ni de otros lugares de Canadá que quiera retenernos contra nuestra voluntad”.

En los próximos meses la reivindicación nacionalista vasca va a experimentar un importante acelerón. El final del terrorismo no es ajeno a esta circunstancia. No pasa nada: es normal. Y habrá que tener la inteligencia, la generosidad y la honradez de buscar la manera de garantizar que tal reivindicación pueda no sólo discutirse sino, en su caso, realizarse. Pero sería muy conveniente que la ciudadanía vasca no nacionalista no nos dejemos capturar por el nacionalismo banal. El nacionalista eres tú, yo sólo tengo que convivir contigo. Y porque tengo que hacerlo, no me queda otra que aprestarme a constituir contigo un ámbito de deliberación que, desde el respeto y la honestidad, nos permita encontrar una solución convivencial que no está prefijada, pero que podría incluso llegar hasta la secesión. Cuando tú, nacionalista, tengas clara tu propuesta, debes saber que contarás con mi mejor disposición para discutirla. Pero eres tú quien debe construirla.