miércoles, 16 de mayo de 2018

Pili Zabala y José Amedo: Diálogo entre el perdón y el dolor

Mientras el hermano de Pilar Zabala era secuestrado y torturado, José Amedo formaba parte de los Grupos Antiterroristas de Liberación creados por el aparato del Estado para hacerlo posible.


Pedro Simón y Antonio Rubio en "El Mundo"

Mientras al presunto miembro de ETA José Ignacio Zabala le pegaban dos tiros en la cabeza antes de ser enterrado en cal viva, el subcomisario de Policía Nacional se encendía un Ducados.
Hoy -a sus 72- los sigue fumando. Con boquilla, eso sí. Antes lo hacía sin ella: eran los 80 unos años sin filtro, broncos, de toses densas. Los años en que ETA no paraba de matar y nació el terrorismo de los GAL.
Ella es odontóloga y diputada de Elkarrekin Podemos en el Parlamento vasco. Él es un ex policía que fue condenado a 118 años por varios delitos y que pasó siete en prisión. En marzo de 2016 se reunieron en una cita que ha permanecido en el anonimato hasta hoy. Esta es la primera vez que lo hacen en público.
Si hace 30 años le hubiesen preguntado a Pilar por Amedo, habría sentido un escalofrío. Hoy les citamos en una iglesia de Madrid. Hablan del tiempo. Se saludan. Pilar siente ese tacto. Y piensa en esas manos.
¿Cómo fue aquel primer encuentro?
José Amedo. Yo le escribí una carta contestando a la suya. La leí varias veces. Y hay muchas cosas que se me han quedado en la cabeza. En la carta vi dolor. Conocí la historia de su padre, al que le había costado muchísimo sacar a la familia adelante y conducía el camión pensando en su hijo y llorando en soledad. La de su madre, que se derrumbaba muchos días. La de Pili, que me contaba que lloraba bajo las sábanas.
Pilar Zabala. Recuerdo que estaba tranquila. Los mediadores me proporcionaban seguridad y, cuando me tocó hablar, le hice muchas preguntas mirándole a los ojos. Quería saber lo que pasaba por la cabeza de aquel policía. A mí me llamó mucho la atención cómo un agente, que se supone debe defender a la ciudadanía, pudiera pasar a ser quien cometiera asesinatos.
J. A. Ahí estas confundida. Esto fue un tema de Estado. Si hubiese sido cosa de la Policía o de la Guardia Civil, no habría durado ni una semana, eh... Tú ahora eres política. Tú no sabes cómo son los políticos de Estado, cómo te utilizan... A mí me llegaron a decir que asumiese el tema de tu hermano y el de [Santiago] Brouard...Y me venían todos los días a comer el coco a la cárcel.
¿Por qué es bueno hacer público este encuentro?
P. Z. Sabemos parte de la verdad. Pero de la verdad de los agresores poco se sabe. Humildemente creo que este tipo de encuentros pueden servir para sanar heridas colectivas e individuales. Quiero verlo como pequeños pasos hacia la convivencia entre diferentes y también como una reivindicación de una senda aún sin explorar.
J. A. Es bueno hacerlo público porque hay que crear unión, afecto, eh, y reconocer lo sucedido... Existió ETA y existieron los GAL. Si no existe uno, no habría existido el otro. ¿Para qué han servido los muertos de uno y del otro? Para nada.
P. Z. Es imprescindible dar una segunda oportunidad a las personas. Y me parece que lo más importante es que el otro se dé cuenta del daño causado, que diga que no lo volvería a hacer... Hay que deslegitimar la violencia y el terrorismo. De todo tipo.
J. A. Lo siento de verdad.
P. Z. Es duro ver que los condenados a 75 años han sido indultados sin asumir su responsabilidad por el daño causado, sin exigirles que pidan perdón, sin tener garantías de no repetición. ¿Se puede sentir lo mismo por una persona asesinada por ETA que por una asesinada por los GAL?
J. A. Es complicada la respuesta. La violencia sólo crea daño y rencor. Los padres no tienen la culpa de lo que hagan sus hijos. ¿Que si es lo mismo si mata ETA que si matan los GAL? Ha pasado el tiempo. Y yo digo que ninguno de los dos tenía que haber matado.
P. Z. Pero se supone que una persona que representa a las instituciones tiene que garantizar los derechos humanos. La gravedad de una violencia ejercida por el propio Estado requiere de una reflexión. Que se investigue ese terrorismo de Estado.
J. A. Pero todos los Estados lo han hecho.
P. Z. Eso no me vale.
(...)José Ignacio era presunto miembro de un comando que, en 1981, intentó atracar una sucursal de Caja Laboral en Tolosa. En la huida, hubo un tiroteo con la Policía. Tres de los cuatro integrantes lograron escapar a Francia.Hasta allí iba Amedo con regularidad por sus redes de información. A lo mejor hasta se cruzaron. Pilar tenía 13 años entonces. Ni ETA ni los GAL. Las únicas siglas que conocía eran las de EGB. Estudiaba 8º. Quería saber mucho. Luego fue sabiendo.
¿Cómo era tu hermano y cómo entró en ETA?
P. Z. Tenía seis años más que yo. Yo soy la quinta de seis. Joxi era muy inquieto. Con un gran sentimiento de justicia. Entonces había muchas diferencias sociales. Él no entendía esos privilegios. Ni el arrinconamiento del euskera. Ni que a su padre lo estuvieran exprimiendo vivo. Iba a manifestaciones. Mi madre le preguntaba que a dónde iba. Él siempre le decía que estuviese tranquila. No sé cuándo tomó la decisión de pasar de la manifestación a...
¿Cómo recordáis la violencia de aquellos años?
J. A. Me intentaron asesinar cinco veces... La violencia la vivía todos los días con normalidad. Lo único que tenías que hacer era que no te pillasen. Dormía cada día en un sitio. Llegaba a casa y me decía un vecino: «Te ha estado esperando un coche en la puerta toda la noche». Empecé en la Policía en el 68, cuando ETA empezó a matar. He visto a muchos que estaban conmigo mañana y tarde y por la noche estar en el hospital o en el depósito cosidos a balazos.
P. Z. El primer recuerdo que tengo de la violencia es de febrero del 81. Las fotos de Joseba Arregi, un cuerpo inerte lleno de hematomas. Yo estudié Odontología y trabajé con cadáveres: eso es lo que era. Me impresionó mucho. ETA mataba. Pero hasta entonces yo no era muy consciente. En abril del 81 mi hermano pasa a la clandestinidad y entonces sí fui consciente de lo que significaba ETA. Consciente de que podía ocurrir cualquier cosa.
¿Se interioriza la tortura?
J. A. Yo jamás he torturado a nadie. Cuando empecé funcionaba la Brigada Político-Social. Me acuerdo en el 69, cuando cayó un comando de la calle Artecalle, en Bilbao. Uno de ETA se escapó y mató a un taxista. Fue la primera víctima civil de ETA, Fermín Monasterio. El comando fue detenido. Yo llegaba a la jefatura y los de la brigada andaban por allí como locos: «Chaval, ¿quieres bajar a pegar unas hostias a unos etarras?». Se oían gritos. Yo no tenía que ver con eso.
P. Z. Cuando la Policía nos dijo que mi hermano había cometido un delito y que posiblemente pertenecía a un comando de ETA, tenía 13 años. Fue el momento más duro de mi vida. Para mí la violencia era exterior, en casa no habíamos sido educados para elegir ese camino... Respecto de las torturas, cuando desaparece tu hermano eres más consciente de la permisividad que ha habido con ese delito en el Estado. Cómo alguien es capaz de pegar, de extraer una pieza dental, de volver a pegar escuchando gritos de piedad...
¿Cómo te enteraste del secuestro?
P. Z. Vinieron a casa unas personas que representaban a los refugiados. Estábamos en casa un hermano y yo con los deberes. Preguntaron por mi madre, ella estaba en misa. Esperaron. Cuando vino mi madre le comentaron que llevaba dos noches sin ir a dormir y que había indicios: el coche forzado, un mechón de pelo de mi hermano... Mi madre empezó a llorar.
¿Cómo os enteráis de la muerte?
P. Z. En diciembre de 1994 nos llamaron de la Audiencia. El fiscal Gordillo y el juez Garzón nos dicen que han aparecido unos cadáveres en Alicante que pueden ser los de José Ignacio Zabala y José Antonio Lasa. Luego con las pruebas de ADN se confirmó todo.
¿Qué recuerdas de tus padres en ese momento?
P. Z. [Pilar llora] Habían esperado muchos años que apareciera, habían soñado muchas veces... y lo veían así: un cadáver...
J. A. Tiene que ser horroroso.
P. Z. Notamos alivio. Fijaos que yo todavía me emociono. Yo no puedo hablar esto con mi ama... Alguna veces la llevo al podólogo al barrio de Intxaurrondo. La última vez le dije: «Intxaurrondo, ¿a qué te recuerda esto?». Me contestó: «Cuántos meses torturaron a Joxi...». Mi madre todavía sueña con su hijo. Y tiene pesadillas: la imagen de su hijo pidiendo que le salve.
J. A. Yo conocí en prisión a dos de los que participaron, a los guardias civiles Enrique Dorado Villalobos y Felipe Bayo. Estaban presos por asaltar una tienda en Irún. No tenía ni idea de que estuvieron implicados. Sabía que Bayo tenía problemas psicológicos y que había estado internado. [Hubo tres GAL: el verde, formado por guardias civiles; el azul, compuesto por policías y mercenarios; y el marrón, integrado por agentes del CESID, actual CNI]. ¿Cómo no voy a sentir ese dolor? Cuando vi esas barbaridades que le hicieron, me pregunté cómo se podían hacer esas cosas: arrancar uñas, dientes, machacándolos, luego llevarlos en un coche, hacerles excavar una fosa y darles unos tiros en la cabeza para enterrarlos en cal viva.
P. Z. Mi hermana me preguntó un día: «¿Tú te imaginas qué diferente hubiera sido nuestra vida si sólo le hubieran matado?». Es que 11 años, cinco meses y cinco días desaparecido es una tortura psicológica permanente... ETA ha sido una banda terrorista que asesinó, extorsionó, secuestró, generó mucho dolor y fracturó relaciones sociales. Bien, pues ante un delito causado por ETA, los políticos actuaban de forma correcta: estaban con las víctimas. En nuestro caso no fue así. Para ellos las víctimas de los GAL no éramos nada.
J. A. ¿Puedo fumar un cigarro? (...)
Amedo sale a la puerta de la parroquia, saca un Ducados, le pone la boquilla y lo enciende. Bernardo, el fotógrafo, le pide fuego. Y le explica quién es él: «Anda que no te he seguido yo veces, bajo la lluvia, con frío o con calor, me mandaban a hacerte fotos a todas partes».Al ex subcomisario le da la risa. Una risa extraña. Hay algo de niño pequeño en el hombre que retorna a la sala donde espera Pilar para seguir hablando: «Veis, yo no soy el único vicioso aquí».
¿Qué sentisteis el otro día cuando Rafael Vera dice que él «sabe, pero no va a contar»?
P. Z. La sensación es de impotencia y de indefensión. Habría que llevarle a través de la vía judicial a que esclarezca todo lo que sabe. Cada vez que Vera niega lo que sabe nos está ofendido, además de que pueda ser delito.
J. A. Está claro que Vera reconoce que el Gobierno está detrás. Vera dice que a él hay que juzgarle porque acabó con los GAL. Y yo digo: ¿quién los empezó? Él lo sabe todo. Sabe quién asesinó a García Goena, que fue al último que mataron.
¿José, fuiste responsable de alguna muerte?
J. A. Nunca.
Pilar, ¿qué fue lo que hicieron con tu hermano?
P. Z. Le secuestran junto con un amigo en Bayona. El 16 de octubre de 1983. Guardias civiles. Pasan la frontera en unos maleteros, les llevan al cuartel de Intxaurrondo. Allí son torturados. Pasan luego tres meses en el Palacio de la Cumbre, un edificio de Interior. En condiciones de tortura y aislamiento. Luego son trasladados a Alicante, a un lugar desamparado, la Foia de Coves. Ahí dieron sus últimos pasos. Y fueron asesinados con un disparo en la nuca. Vi los restos, las vendas que tapaban sus ojos, el resto de apósitos que utilizaron para curarles las heridas y vi su esqueleto...
J. A. Más que para curarlas, para disimularlas.
¿Quién crees que mató a tu hermano en última instancia?
P. Z. La sentencia condena a guardias civiles y a un gobernador civil, pero las evidencias responsabilizan a los dirigentes del Gobierno socialista. González era presidente. Barrionuevo era ministro del Interior. Vera, secretario de Estado. No todos los socialistas eran los GAL, pero tenemos el derecho de saber quién era responsable y quién no. He visto lo peor de muchos políticos capaces de apoyar cualquier pacto de silencio.
El juicio por el caso Laza y Zabala fue el juicio con más retractaciones de testigos. ¿Era tanta la presión?
J. A. En mi caso, nos manejaron y utilizaron como quisieron. Te dicen que no hables, que si no es así vas a tener problemas familiares, vas a estar mal el resto de tu vida. Porque en la cárcel estás cumpliendo una misión de Estado. Esto me lo dijo el abogado Jorge Argote de parte del Gobierno. También el ministro Antonio Asunción, al que le dije: «Los GAL sois vosotros, eh. Estamos aquí siguiendo instrucciones vuestras».
¿A cuánto te condenaron?
J. A. A 118 años en total.
¿Cuántos cumpliste?
J. A. Seis y pico. Luego en tercer grado. Volví a entrar por el tema Brouard. Estuve tiempo firmando entre el día 1 y el día 15. En definitiva, ingresé el 23 de julio de 1988 y mi libertad absoluta fue en octubre de 2008.
José, ¿has pedido perdón?
J. A. Sólo por el hecho de haber participado en los GAL le pido perdón. Honestamente. De corazón.
¿Alivia escuchar esto?
P. Z. Hay algo irreparable: la muerte. Alivia escuchar la petición de perdón de una persona que ha estado involucrada en sucesos parecidos. Pero para mí es más importante la verdad, la justicia, el reconocimiento del daño causado y la asunción de responsabilidades.
¿Ser víctima de los GAL es ser víctima del olvido?
P. Z. La víctima de un acto terrorista debe tener los mismos derechos. Independientemente de quien haya cometido los delitos. A la memoria, a la dignidad, a la justicia. Con las víctimas del GAL esto no se ha dado. La Ley 29/2011 de reconocimiento y protección integral a las víctimas del terrorismo fue modificada en 2013 por el PP. Esto hace que nosotros no seamos reparados ni considerados como víctimas. Hay que modificar esa ley.
¿Qué persona ves delante?
J. A. Veo a una persona que ha sufrido mucho, con unos valores muy destacables, que viviendo lo que ha vivido no ha mostrado ni un poco de odio. Todo lo contrario.
P. Z. Yo tengo muchos recuerdos de José Amedo. Por los periódicos. Esa figura llena de frialdad. Es una sensación de desconfianza. Es una sensación de miedo para con José. Porque su figura había estado muchos años en nuestro pensamiento. En todos los años que Joxi estuvo desaparecido, yo pensaba que Amedo había sido el responsable. ¿Y qué veo ahora? Pues como todo ser humano veo a alguien con su fragilidad. Veo humanidad en él y me parece importante que haya hecho el recorrido que ha hecho. Posiblemente él sea ahora mejor persona que antes.
¿Hay alguna pregunta que os gustaría hacerle al otro?
P. Z. A mí sí [Hay un silencio]. Yo te quería hacer una pregunta, José: ¿has amado a alguien alguna vez?
J. A. ¿Cómo? [Pilar repite la pregunta] Claro que he amado... ¿Qué crees, que no tengo corazón? Te digo más: he amado y amo. Y te digo más: nunca he odiado a los que han intentado asesinarme.
Pilar, ¿qué crees que pensaría tu hermano de este encuentro?
P. Z. [Se le rompe la voz. Cada vez irá hablando más bajo] Él estaría contento de ver que su hermana, a pesar de todo lo que ha sufrido, no guarda rencor... es capaz de expresar su dolor... de realizar una autorreflexión y de sentarse a dialogar con una persona... que pudo haber matado.