miércoles, 23 de agosto de 2017

"El cura de Cuatro Caminos y el imán de Fuengirola" (Xabier Fortes)

"Este cura preconciliar que fustiga con trazo grueso a las alcaldesas de Madrid y Barcelona desde el púlpito de su iglesia me recuerda mucho a aquel imán de Fuengirola que a principios de los 90 instruía a sus fieles a la hora de azotar a sus mujeres sin dejar marcas"
 
 
publicado en "InfoLibre"
 
Cada vez que uno de esos grupos de túzaros que pueblan los fondos de nuestros estadios salen a cometer una razzia contra los infieles del equipo contrario, los presidentes de los clubes implicados salen a las pocas horas con el rostro compungido lamentando los hechos e impartiendo la misma letanía: “Esto no tienen nada que ver con el fútbol”. Es muy posible que así sea en el fondo (de la cuestión, no del estadio), pero a mi media neurona futbolera a veces le entran dudas sobre si esas reacciones guardan más relación con la afición al noble arte del balompié que, pongamos por caso, con la afición a la entomología. Nunca he visto a un anciano agredir con un cazamariposas a nadie, pero si he visto abrir a alguien la cabeza con el mástil de una bandera.

Toda esa turbamulta de ultras fueron un día amamantados a los pechos de presidentes y directivas, sufragando sus indecentes cánticos, banderas y bufandas, y solo cuando se volvieron contra ellos comenzaron a asumir que tenían un problema.

La religión no es mala en sí misma. Algunas de las mejores personas que he conocido en mi vida, entre ellas mi abuela Nina, eran profundamente religiosas, y asociaciones como Cáritas o Vicente Ferrer son el bien personificado, pero no se puede negar que todas las religiones, o casi todas, cuentan con sus fondos de estadio, ya sean en mezquitas, iglesias o sinagogas.

Europa vio la luz tras las tinieblas de la Edad Media con el Renacimiento –el hombre como medida de todas las cosas–, la Ilustración volteriana y sobre todo con la Revolución Francesa, a la que tanto le debemos. Parte de la iglesia francesa sacó entonces sus garras tridentinas y la Asamblea Nacional redactó una pieza demasiado olvidada pero clave para entender la Europa laica, la Constitución Civil del clero. A modo de resumen venía a decir que la religión pertenece al ámbito privado, y que desde ningún púlpito se podrían hacer proclamas contra los valores universales consagrados en la Declaración de los Derechos del Hombre, que convirtió a los súbditos franceses en ciudadanos. Cuando pienso en Fernando VII y sus aportaciones al progreso de España (resucitar la Inquisición, cerrar las universidades y abrir academias de toreo) lamento profundamente que nuestros vecinos no nos hubiesen invadido un poco más.

A esa tradición de españoles, que como diría Machado ora y embiste cuando se digna usar de la cabeza debe pertenecer el cura de Cuatro Caminos y extelepredicador Santiago Martín. Su reacción ante los criminales atentados de Barcelona fue señalar a las "comunistas radicales" Ada Colau y Manuela Carmena, a las que poco menos calificó de colaboradoras necesarias del criminal atentado de Las Ramblas. Otros no le han ido a la zaga sacando rédito, como la CUP señalando al rey de España, Arcadi Espada a la Generalitat o el cantante José Manuel Soto a todos los musulmanes en general, como si no fuesen musulmanes los que más sufren el ataque de este fanatismo islamista. El exministro del interior, Mayor Oreja, representa quizás un pensamiento más elaborado y culpa directamente de la decadencia de Occidente al ateísmo y al matrimonio homosexual, que fue escucharlo y entrarme ganas de tirarme al vecino del quinto. Como diría mi santa abuela, Señor, llévame pronto.

Este cura preconciliar que fustiga con trazo grueso a las alcaldesas de Madrid y Barcelona desde el púlpito de su iglesia me recuerda mucho a aquel imán de Fuengirola que a principios de los 90 instruía a sus fieles a la hora de azotar a sus mujeres sin dejar marcas. Aquello fue un escándalo que removió conciencias. Hoy la barbarie que predican otros imanes financiados por aliados económicos de Occidente, exportadores de los rigores islamistas wahabistas o salafistas, nos tiene sumidos en un estado de desolación y angustia colectiva. Para salir de este bucle en el que vivimos instalados sería recomendable prescindir de las recetas de algunos de los antes citados y no alentar el rencor con una demencial actuación política y militar en esa zona del mundo.

Esto de la religión es un poco complicado para mis escasas entendederas, por eso he ido progresivamente alejándome de sus diversas manifestaciones, aunque es imposible hacerlo por completo. Tan es así que incluso siendo ateo militante llegué a crear mi propia religión. Fue al tallarme para ir a la mili y aún debe figurar en algún registro del Ejército. El sargento que me tomaba los datos me pidió también mi confesión religiosa, pero le confesé que mi único catecismo era la Constitución, y que ésta me amparaba para no desvelar mis creencias religiosas, en el caso de que las tuviese. La conversación fue subiendo de tono. Yo seguía en mis trece y él en las suyas, que en el formulario había una casilla con el apartado religión y ya se sabe cómo son los sargentos. Al final puso que mi religión era Noalega y me mandaron destinado al Tercio de Regulares de Melilla, que quedaba un poco lejos de Pontevedra. Me hice objetor de conciencia, una posibilidad a estudiar en todas las confesiones religiosas.

Seguramente el islam es la paz, igual que seguramente el cristianismo es la religión de los pobres. A estas alturas ya solo aspiro a que nadie se apropie de sus enseñanzas originales o las retuerza hasta taladrar el cerebro de unos adolescentes, como hizo el miserable imán de Ripoll. Y si es posible también reclamaría una nueva Constitución civil del clero en el mundo islámico, para que también allí pueda crecer un saludable espacio laico y agnóstico, compatible con el respeto mutuo entre los que creen y los que no creemos.

martes, 22 de agosto de 2017

"Culpas, lágrimas y humidad -Carta al cura Santiago Martín-" (Carlos Sánchez Mato)

"Deberíamos estar construyendo una sociedad más justa y que ofreciese un futuro digno a la gente en todo el planeta"


publicado en "El Diario.es"

El pasado domingo, tres días después del tristísimo atentado de Barcelona, el párroco Santiago Martín empleó el púlpito de una iglesia madrileña para referirse a lo sucedido. "No puede ser que solamente estemos rezando" y "menos lágrimas y más hacer cosas" esgrimió el párroco durante una homilía en la que arremetió contra la alcaldesa de Barcelona Ada Colau y ya de paso contra la de Madrid, Manuela Carmena.


Ada, se atrevió a asegurar el sacerdote, tiene "una parte de culpa" del atentado terrorista de Las Ramblas por no haber instalado unos bolardos. Manuela tampoco está velando por la seguridad, como concluyó Santiago Martín dándose una vuelta por la Plaza Mayor.


Además de comunista yo soy cristiano, por lo que espero que Santiago Martín comparta conmigo la admiración por Jesús de Nazaret. A sus enseñanzas acudo cuando hay fenómenos o situaciones ante las que carezco de explicación. A sus lecciones de humildad me remito cuando hay momentos tan desoladores como este. El terror, sobre todo el causado por chavales como los que han sembrado de muerte Barcelona estos días, revela que algo no funciona bien.


Ante algo tan dantesco como lo que ha ocurrido el análisis que hace Santiago Martín es de una peligrosa arrogancia. Un paseo por la Plaza Mayor y la Puerta del Sol le permite no solo poner en duda el trabajo de una alcaldesa, sino la coordinación de las fuerzas de seguridad y las medidas de prevención adoptadas. Tras la lectura de unos titulares se permite jugar a ser abogado de las víctimas. No lo hace en la barra de un bar con amigos, ni en el rellano de la escalera con los vecinos. Se está dirigiendo desde un púlpito a unos feligreses con la autoridad moral que eso confiere.


Si la respuesta a este y otros atentados es tan simple como un bolardo, cabría caer en la desesperanza. ¿De verdad alguien puede pensar que el caudal de rencor acumulado se para con unos bolardos? ¿o dejando de vender bombonas de butano? ¿Quizás aboliendo la venta de cuchillos con filo?


Parece que habría que pensar en soluciones más complejas. Y más aún desde alguien que tendría que encontrar respuesta en el amor y el sagrado respeto por la vida de la gente, también hacia los que considera sus adversarios políticos.


Los atentados han causado pérdidas irreparables en primer lugar a las víctimas directas y a sus familias, con ellas debemos estar siempre al tiempo que condenamos firmemente lo sucedido. Pero el desgarro no se queda ahí. Toda la comunidad musulmana en general y las familias de los propios autores del atentado quedarán marcados de por vida por lo ocurrido. A mí me parece que esas terribles heridas no tienen fácil cicatrización pero me da la impresión de que el camino para ello pasa más por prevenir, cuidar y querer y no por odiar y vengar.


Es verdad que "no podemos estar solo rezando o derramando lágrimas" ante una situación en la que unos jóvenes deciden que asesinar es el camino. Aún así, cuando ocurre, a mí me parece sano que derramemos lágrimas. Y que alguien como Ada Colau llore, la engrandece. Como también me parece buena estrategia cimentar sociedades abiertas en las que convivamos y en las que nadie pueda esgrimir argumentos para la diferencia que sean susceptibles en convertirse en arma contra otros seres humanos.


Entre otras cosas, deberíamos estar construyendo una sociedad más justa y que ofreciese un futuro digno a la gente en todo el planeta. Después de todo Santiago, son nuestros hermanos.


Carlos Sánchez Mato

(Comunista y cristiano)

"La lista de clase" (Marcelo Soto)

"Igual no hay forma de detener el horror, pero si hay alguna es la cultura, es el conocimiento, es la educación, es la empatía, y lo exijo sobre todo porque, como todos los profesores habrán advertido en una revelación que los ha partido por la mitad, las fotos de los cuatro terroristas que todos los medios han difundido son –terrible metáfora– las de la lista de clase"
 
publicado en "Cuarto Poder"
 
Muchos llevamos ya dos días peleando contra la falsa atribución del atentado a todos los musulmanes, cuando son ellos realmente las principales víctimas del terrorismo a nivel mundial y no son los verdugos. Llevamos dos días poniendo a los racistas en su sitio. Bien hecho. No demos más tiempo a quienes exhiben su racismo contra emigrantes y extranjeros enmascarándolo de indignación por los atentados. Muchos hablabais ayer y anteayer de no permitirlo, de bloquear a la primera, o de ignorar esos comentarios. Bien hecho. No dejemos tampoco que las ideologías yihadistas de odio se oculten tras la mayoría musulmana silenciosa y pacífica. Empecemos a discernir. Es hora de que la izquierda de la calle empiece a mirar donde tiene que mirar con ese discernimiento necesario, sin odio y sin buenismo, con la mirada justa, nec metum nec spes (sin esperanza, sin miedo), que dirían los latinos. Ahora toca que apartemos distracciones y miremos al fondo del abismo: a las fotos de los culpables.
 
Todos los profesores nos hemos dado cuenta de algo que quizá el resto de la población no ha detectado. A ver, me explico. Yo llevo años enseñando literatura y teatro en las aulas de la pública y dedicando todo el entusiasmo que puedo a mi profesión, con un alumnado pobre, rico, de clase media, y payo, y gitano y europeo comunitario, y españolito y rumano y guineano y ecuatoriano y dominicano, chino, iraní y, por supuesto, marroquí. He hecho mi trabajo con todos ellos lo mejor que he podido. He triunfado muchas veces. Me vuelvo loco de alegría cuando una alumna musulmana supera con éxito el curso y más todavía cuando la dejo con su selectividad aprobada en las universidades. Sé de la valentía y del coraje y de los obstáculos de todas y cada una de ellas. Y digo ellas, porque todos estos días me he estado acordando de ellas –que no son pocas–  precisamente por su benéfica ausencia ¿Es polémico decir que no había ninguna mujer conduciendo las furgonetas? ¿Es polémico decir que aunque he tenido en la pública alumnos musulmanes de una amabilidad y una inteligencia excepcionales, no tengo memoria de haber dejado aún a ninguno de ellos en la universidad? En fin, como siempre llega el género y sus polémicas, pero vienen más. Viene lo que más nos asusta mirar.
¿Es polémico decir que cada tanto tiempo puedo identificar, tras esa mayoría musulmana amable y especialmente dulce, algún alumno radical, algún alumno que sé que está coqueteando con el borde del abismo ideológico y que vive en un entorno que obviamente lo apoya y lo exalta? Me ha pasado unas tres o cuatro veces, por eso estoy casi seguro de que los profesores del Institut Abat Oliba de Ripoll vieron en los cuatro futuros terroristas, hoy ya abatidos a tiros, lo mismo que yo veo cada tanto tiempo.
 
No se trata de racismo ni de buenismo. Yo soy profesor. Blanquito y europeo pero profesor. Detecto la bondad intrínseca de los menores. Detecto los peligros. Y pienso sin parar en los otros profesores, en los otros perros pastores del Institut Abat Oliba. Yo sé mejor que nadie que a veces el perro pastor no puede cuidar a las ovejas si las ovejas viven de espaldas al rebaño, si pasan las horas comunes escindidos del resto, dormidos, disidentes del contacto de otros, disidentes de la palabra hablada y de la palabra escrita, o si las familias apoyan esa doble vida imposible. Pero puedo asegurar que muchos de esos profesores lo vieron. Es evidente: Moussa Oukabir acababa de abandonar las aulas. Aventuro que dejo el instituto el año pasado, a los 16, y solo un curso después, a los 17, él y sus compañeros han matado sin freno como los lobos y luego han muerto a tiros en la calle.
 
Sospecho lo que ha debido de suceder en el Institut Abat Oliba estos cursos. Podría jurar que sus profesores se han pasado los años de crisis buscando en las aulas la mirada esquiva de los cuatro y que se encontraron con las mismas circunstancias de todos: sin apenas recursos para las aulas de enlace, ni para las clases de apoyo, ni para los desdobles, ni para los profesores de pedagogía terapéutica, con los alumnos desintegrados en una clase de treinta y seis donde probablemente se les leía en Literatura el fragmento del Cid invocando a Santiago Matamoros o matando musulmanes, y encima sin relación con la familia, o teniendo que usar el periodo entre clase y clase para avisar de algo grave por un teléfono inexistente a unos padres que solo hablan árabe y que solo han pasado por el centro una vez para gritarle improperios a un profe que, al explicar la argumentación, le pidió a toda la clase que escribieran un texto con razones a favor y en contra del matrimonio igualitario.
 
Yo no pido la paz mundial. Pido que nuestro trabajo pueda desarrollar su pequeña labor de cambio del mundo para que esta se sume a otra labor y otra labor. Pido, o no, mejor exijo lo importante: recursos no ya para educar, sino para detener el horror, porque igual no hay forma de detener el horror, pero si hay alguna es la cultura, es el conocimiento, es la educación, es la empatía, y lo exijo sobre todo porque, como todos los profesores habrán advertido en una revelación que los ha partido por la mitad, las fotos de los cuatro terroristas que todos los medios han difundido son –terrible metáfora– las de la lista de clase.

"El turismo: la ciudad y los derechos de ciudadanía" (Andeka Larrea)

"En las ciudades vascas se están comenzando a vivir las consecuencias previstas e imprevistas de la apuesta decidida de las instituciones vascas por vender Euskadi como un territorio de oportunidad en el mercado global de los operadores turísticos"
 
 
Andeka Larrea es miembro de Podemos Euskadi. Artículo publicado en "El Diario.es"
 
Algunos debates llegan a la esfera de la opinión pública tarde, simplificados y empaquetados en papel de regalo con eslóganes de rápida distribución, asumiendo de antemano que la ciudadanía es, en general,  del gusto por el estilo tertuliano, en el que se manejan con gusto los partidos políticos tradicionales. En el caso que nos ocupa, el tímidamente inaugurado debate sobre el turismo en Euskadi, a propósito de un fenómeno que viene a servir, como es habitual, de guerra de posiciones veraniega servida en un menú que combina con la rapidez de la comida rápida platos precocinados de antemano: turismofobia y turismofilia.
 
En las ciudades vascas, de forma evidente en los cascos históricos de Donostia, Bilbao y, en menor medida, Gasteiz, así como en algunas localidades costeras, se están comenzando a vivir las consecuencias previstas e imprevistas de la apuesta decidida de las instituciones vascas por vender Euskadi como un territorio de oportunidad en el mercado global de los operadores turísticos. Un mercado en el que las ciudades, los espacios singulares, la llamada oferta cultural se ofrecen como un producto, si bien complejo, que busca atraer inversiones, que se traducen en el aumento de los flujos turísticos hacia el territorio ofertado. Un mecanismo, el del turismo globalizado, de sobra conocido desde hace décadas y que está en relación, en el caso del turismo de ciudades, con las reconfiguraciones geográficas del capitalismo actual y los procesos de deslocalización industrial que en Euskadi parecen repuntar de nuevo ante la inacción institucional.

Las consecuencias que se derivan del aumento en el número de visitantes, algunos de los cuales son turistas en su propia casa, son ahora un motivo lógico de preocupación. La condición-turista, si se nos permite, es causa y efecto de cambios en el paisaje de ciudades y pueblos. Para empezar, el turista es un efecto y, en gran medida, una víctima, de las estrategias comerciales de la industria turística internacional, que favorece el consumo rápido de los lugares visitados en detrimento de otras fórmulas menos rentables. El incremento de la tasa de beneficio es el dogma, no lo olvidemos, de todo negocio capitalista. Dogma que, en el caso que nos ocupa, implica un modo de consumir el territorio cuyas consecuencias sociales, culturales  y medioambientales han sido objeto de análisis académicos y protestas sociales desde hace décadas. Consecuencias que olvidan a sabiendas  los defensores y apologetas del turismo en Euskadi, con especial mención al Gobierno Vasco, como un nuevo maná económico del que brotará progeso y felicidad para todas, olvidando de paso que la terciarización de la economía que ello implica es una buena muestra de su sumisión a los poderes que realmente diseñan el futuro de los países en Europa.
 
Decíamos que el turismo es causa de fenómenos, también conocidos, que afectan a la vida cotidiana de vecinas y vecinos de, fundamentalmente, los cascos históricos de las capitales vascas. Entre estos, podemos citar los más destacados: desaparición del tejido comercial tradicional y el consecuente aumento del precio de la cesta de la compra, saturación de calles y plazas por la afluencia de miles de personas en lugares en los que la vida vecinal parece invisibilizarse, precarización de las y los trabajadores del sector, destrucción del patrimonio material e inmaterial de los centros históricos y aumento de los precios de alquiler como consecuencia de la irrupción de los pisos turísticos. Quien quiere ofrecer consuelo alude a términos comparativos con otras ciudades tradicionalmente turísticas para afirmar que “Euskadi es diferente”, dejando pasar que la escala de la comparación debería ser relativa a otras variables como dimensión de ciudad, vecinos residentes, apertura y cierre de comercios, tipología de los mismos y otras que nos permitieran, más allá de eslóganes veraniegos, conocer en profundidad estas afecciones.
 
La dimensión urbana y, por tanto, ciudadana del turismo es innegable, ya que aparece como un acontecimiento inseparable del modelo de ciudad y de la planificación urbanística en Euskadi, en el marco de la cual se sitúa la puesta en venta del territorio de la que hablábamos al comienzo. Algo que parecen ignorar los eslóganes simplificadores (o sus caricaturas mediáticas) de la llamada turismofobia. En la medida en que la condición turista afecta y nos afecta a todas, susceptibles de devenir turistas en nuestro territorio, la crítica del turismo exige algo más de profundidad que el rechazo sin más al turista, si no es sólo como figura abstracta que sintetiza las consecuencias negativas de las que venimos hablando hasta aquí.
 
Sin duda, es pertinente, necesario y agradable que se abra un debate en Euskadi en torno a las consecuencias, positivas y negativas, del turismo. Pero este debate no debería separarse de dos cuestiones que le son inherentes, pese a que no han encontrado mucho eco en las declaraciones de responsables políticos que estas últimas semanas hemos escuchado. En primer lugar, el derecho a la ciudad que corresponde a vecinas, transeúntes esporádicos, migrantes y, también, visitantes y turistas. El derecho a la ciudad implica cuatro derechos relacionados: derecho al hábitat, derecho a vivir dígnamente, derecho a la convivencia y derecho al gobierno. Cuatro condiciones para un ejercicio de la decisión en ciudades diseñadas y practicadas por todas y para todas, sin exclusiones. En segundo lugar, los derechos sociales que implica el ejercicio activo del derecho a la ciudad.  Derechos sociales, por otra parte, en los que la decisión y la participación ciudadana, más allá de ejercicios cosméticos que llevan tal nombre, son condiciones imprescindibles para que la ciudad pueda ser imaginada y diseñada por sus ciudadanos, incluyendo en el diseño los modos y maneras en que el turismo pueda ser un elemento socialmente rentable, pues es la rentabilidad social la gran olvidada de las diseños urbanísticos desde arriba.
 
Hablaba recientemente el antropólogo Manuel Delgado de la necesidad de “salvar a nuestros turistas”, reivindicando un tiempo en que las personas viajeras que recalaban en Barcelona contribuyeron a un encuentro social y cultural con las clases populares de la ciudad. Un encuentro que a día de hoy, sometido el turista a la aceleración permanente de su visita devoradora de imágenes, lugares, calles y personas, parece tan difícil como necesario, si lo que queremos es recuperar el control de nuestros propios cuerpos y decisiones. En Euskadi aún estamos a tiempo de debatir sobre estos dos modelos de turismo para nuestras ciudades y pueblos, ahora que empezamos a conocer de las consecuencias del que impulsan Gobierno Vasco, lobbies empresariales y capitales globales. Poner la vida en el centro de la política urbanística es tanto como abrirnos a otros ritmos de vida y de trabajo, a otras relaciones con quienes desean conocernos y nos visitan, al cultivo y mantenimiento de las culturas locales y de sus expresiones y a una economía en la que lo social no sea un valor de cambio o una transacción monetarizada más. 

lunes, 21 de agosto de 2017

'Carta a Catalunya' (Dina Bousselham)

Siento vergüenza cuando se le exige a las comunidades musulmanas que emitan comunicados de condena y sale el progre de turno a hacerse eco de la noticia como si fuese un logro. ¿Acaso si el terrorista fuese cristiano, estaríamos esperando que el arzobispo de Madrid, por poner un ejemplo, saliese a dar una rueda de prensa que posteriormente difundiríamos por diestro y siniestro para justificar que no todos los cristianos son terroristas?

Em dic Dina. Vaig néixer a Tànger fa 27 anys. He decidido escribir esta carta sin ningún ánimo de representar a nadie más que a mí misma. A pesar de mi apellido, aprendí a leer y a escribir en español antes que en árabe. Crecí como Manuel, como Antonia o como Ramón, viendo Barrio Sésamo y leyendo a Teo y a Babar. A los 15 años descubrí que aquel sitio donde mi padre vivió tanto tiempo y que por accidentes del destino no pudo ser, aquel iba a ser mi sitio también: Madrid. Dos años más tarde estaría cursando Ciencias Políticas en la que hoy es mi ciudad. En mi corta vida he tenido que sufrir diferentes situaciones xenófobas, ya sea por mi color moreno de piel (¡vaya mundo, en el que las blancas quieren ser morenas y las morenas sufrimos por no ser blancas!) o mi apellido "raro". Nunca he consentido que nadie me mire por encima del hombro, porque la dignidad lo es todo. Pero reconozco haberme sentido ignorada, a veces silenciada, y tratada injustamente en situaciones tan normales como acceder a un piso por el centro (es que no nos gustan los extranjeros, decían).
¿Qué es ser extranjero? ¿Haber nacido en otro sitio te hace ser de fuera toda tu vida? ¿Y todo lo que eres no cuenta? ¿Tu cultura? ¿Tu educación? En fin, continuemos. ¿Soy musulmana? ¿Qué importa eso, no? Pues para muchos, importa mucho. Desgraciadamente. Desde el pasado 17 de Agosto, muchos musulmanes se sienten señalados. ¿Pero qué culpa tiene el pobre Abdel que vive en Tarrasa –y es español de nacimiento por cierto– y trabaja todos los días arreglando desagües y tuberías? ¿Y Fátima? Ella que se levanta a las 5h de la mañana, coge el tren de Sant Pere Pescador a Figueres para cuidar de Lourdes. Y Aicha, concejala que en un ayuntamiento de la provincia de Tarragona, ¿también es culpable?
Me niego a aceptar que toda esta gente –y me incluyo– tengamos que llevar sobre nuestras espaldas la locura de unos monstruos asesinos. ¿Acaso todos los vascos eran etarras? ¿Todos los italianos eran fascistas? ¿Todos los alemanes eran nazis? ¿Verdad que si los terroristas asesinos fuesen de otra religión nadie se preocuparía por señalar a esa religión? El hecho de que algunos ignorantes ataquen a ciudadanos inocentes –muchos de ellos son ciudadanos españoles– se llama Islamofobia. A mí me da igual la religión de Aicha, Fatima o Abdel. Yo defenderé siempre la libertad de culto y la laicidad del Estado. Pero no me parece justo que tengan que pasar miedo simplemente porque su dios se llame Alá. Por culpa de unos miserables que colocan bombas, principalmente a los musulmanes. ¿Hace falta recordar a quienes está matando el ISIS en Siria o Irak? ¿Hace falta recordar de dónde sale el ISIS y quiénes son sus fuentes de financiación? ¿Hace falta recordar a estas alturas quienes venden armas a países que no respetan los derechos humanos como Arabia Saudí? ¿Hace falta decir que nuestras democracias son hipócritas?
Por otra parte también me niego a tener que salir a gritar "condeno", como si necesitase justificar que a pesar de tener un nombre árabe no soy terrorista. Siento vergüenza –y aquí algunas izquierdas tienen mucho que aprender– cuando se le exige a las comunidades musulmanas que emitan comunicados de condena y sale el progre de turno a hacerse eco de la noticia como si fuese un logro. ¿Acaso si el terrorista fuese cristiano, estaríamos esperando que el arzobispo de Madrid, por poner un ejemplo, saliese a dar una rueda de prensa que posteriormente difundiríamos por diestro y siniestro para justificar que no todos los cristianos son terroristas? No, ¿verdad?. Y con todo, los musulmanes son los primeros en salir a manifestarse contra el terrorismo, mostrando su dolor y rechazo, aunque para algunos será siempre insuficiente. Porque en sus mentes racistas, el enemigo no es el que te roba y cotiza en Suiza, sino el que tiene diferente color de piel. Por eso, defender la democracia es ser antifascista, y también antiRracista.
Y a pesar de todo esto, hay esperanza. Ayer fueron los propios vecinos y vecinas de Barcelona los que echaron a los neonazis al grito de "Fuera fascistas de nuestros barrios". Por eso escribo esta carta. Para ti que vives en Catalunya, que vives en Barcelona. Que has visto o vivido de cerca esta barbarie cometida por terroristas asesinos. Te escribo a ti para que no olvides nunca que Aicha y tú no tenéis la culpa. Para que Aicha y tú os cojáis de la mano sin miedo y caminéis por la Rambla. Porque la solidaridad es la ternura de los pueblos. Ni un paso atrás en las conquistas de nuestros derechos y libertades. Ni un paso atrás en la defensa de los valores democráticos. Fuera fascistas y racistas de nuestros barrios.
Em dic Dina. Vaig néixer a Tànger fa 27 anys, però avui em sento catalana, com tu i com Aicha. Avui, vosaltres sou exemple.